Una vez elegidos (elección fruto de la confianza que sus compañeros y compañeras han depositado en unas elecciones sindicales), los delegados sindicales no pueden desaparecer por arte de liberación de sus centros de trabajo.
Las liberaciones completas (y no hablemos ya de las institucionales que tanto abundan en las administraciones públicas) que desvinculan al sindicalista de su centro de trabajo provocan la aparición de una nueva casta laboral: ya no solamente se distingue al trabajador asalariado del empresario, sino que surge la figura del sindicalista como un ente diferenciado, con distintas preocupaciones que el currito que asiste a su puesto de trabajo diariamente sin rechistar.
Evidentemente, el trabajo para el sindicato fuera de la propia empresa debe existir, para facilitar que en empresas donde la libertad sindical brilla por su ausencia se pueda desarrollar un frente de batalla que mejore las condiciones de los trabajadores con derechos secuestrados. Pero eso jamás debe convertirse en un obstáculo para que el sindicalista siga siendo un trabajador más en su empresa, sufriendo los mismos horarios y las mismas condiciones laborales que el resto de sus compañeros. Esa es la única manera de que los trabajadores se sientan representados.
El modelo sindical es una clave más que debe abrirse al debate de la sociedad, y la organización de UGT debe hacerlo también internamente con sus afiliados, si es que quiere volver a ser un referente de lucha social y a recuperar el prestigio, tan debilitado ahora.